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Capítulo IX: Vargas Llosa o la memoria de los otros

Lo que Varguitas no dijo” se publicó en 1983, en Bolivia, como respuesta a la novela “La Tía Julia y el escribidor“. Una edición de pobrísima calidad, cuyas páginas se quedaban en las manos del lector. Su interés literario es mínimo, y se reserva sólo para los fetichistas de la vida de Vargas Llosa. No obstante, he leído las engorrosas 300 páginas, y entre ellas he hallado un pasaje que es emblemático del “método” de trabajo de Vargas Llosa: muestra, como el autor toma prestados y elabora los recuerdos de los otros. “Recuerdo que cuando Olga se preparaba para ir a la clínica, para dar a luz a Patricia, Mario se había trepado a un árbol frente al dormitorio; en uno de esos momentos miro hacia arriba y ahí estaba Marito en lo más alto, mirando todo lo que sucedía en la habitación. De un solo grito lo hice bajar del estupendo mirador que había encontrado.”

En sus Memorias el autor, utiliza estos recuerdos interxtextuales —desmitiéndolos, rectificándolos, recreándolos-: “A la primera hija del tío Lucho y la la tía Olga, Wanda, que nació en la casa de Ladislao Cabrera, me aseguran que yo intenté verla venir al mundo subiéndome a espiar su nacimiento a uno de esos altos árboles del primer patio, del que me bajó el tío Lucho de una oreja.”

Ha de notarse la simetría narrativa al utilizar la fuente sin citarla. Detrás de la aparente locuacidad exhibicionista de Vargas Llosa, del afán de exactitud no hay, acaso, un secreto afán de mostrar —o, de ocultar: para el lector es indiferente— algo más. Que responden los textos disponibles ante la pregunta que Sartre hace al escritor ¿Por qué habla de eso antes que de aquello y, ya que habla para cambiar, por qué quiere cambiar esto antes que aquello?. Veamos una situación similar —transpuesta, recreada, corregida— en un capítulo de Elogio de la madrastra: “Estaba semiadormecida en la bañera, con el agua hasta el cuello, removiendo de tanto en tanto con una mano o con un pie las volutas de jabón, cuando Justiniana llamó a la puerta: ¿podía entrar, señora?, con la toalla en una mano y su bata en la otra. Tenía una expresión alarmada. Inmediatamente supo lo que la muchacha le iba a susurrar: “Fonchito está ahí arriba, señora”. Asintió y con gesto imperioso ordenó a Justianiana que se fuera.”

El episodio esa novela erótica es más que la posible recreación de una situación —real o no, sucedida o escuchada de oídas o leída— del pasado. Ante lo que también se enfrenta el lector, es el producto de la realización de una fantasía: la de un niño que desde lo alto espía por una ventana

Continuará



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Introducción

Ortega y Gasset, en una conferencia que diera en 1942 con motivo del aniversario de nacimiento de Juan Luis Vives, afirmaba que las generaciones históricas se suceden cada quince años y que por esta razón cada quince años cambia la historia. Así, pues, una persona estaría sujeta al influjo de, por lo menos, dos generaciones hasta convertirse, a su vez, en generación influyente, o en contestaria a las anteriores. No hay duda que, como todo proceso dentro de la historia, las relaciones entre las generaciones, a las que alude el filósofo español, no sean unívocas en el tiempo ni funcionen de modo causa-efecto en un determinado momento histórico. La historiografía literaria ha mostrado que, muchas veces, se dan saltos de modo que, por ejemplo, resulta que un poeta como Góngora, a caballo entre los siglos XVI y XVII, se convierte en influencia y estandarte de un grupo de poetas del siglo XX, la llamada generación del 27.

La constatación de que el Zeitgeist Hegeliano, espíritu de época, no logra explicar del todo las actitudes intelectuales de las protagonistas singulares de cada período histórico, provocó que buena parte de la crítica literaria se abocara al estudio inmanente de las obras, olvidando y en muchos casos negando la existencia del autor. Los autores, y sus vidas se convirtieron más bien en pasto del llamado periodismo literario y, entre los críticos y estudios universitarios, no se les concedió mayor importancia que como anécdota de sobremesa en congresos literarios.

Atribuirle la etiqueta de género literario a la Biografía es un arma de doble filo: por un lado se le otorga un status de creación artística autónoma, por otro lado, al hablar de la Biografía como creación artística. literaria, tácitamente se la impugna como labora científica por falta de objetividad. Los críticos quizá, no sin mala fe preguntan: ¿qué importancia puede tener dónde vivía el creador cuando concibió su obra? Y sin embargo, sabemos que el autor es un sujeto situado en coordenadas espacio-temporales de carácter histórico bien definidas: vivir en La Habana de fines de los cincuentas y comienzos de los sesenta no es lo mismo que vivir el París del 1968, ni tampoco París, ese mismo año, es lo mismo que Berkeley, en Estados Unidos, o que Praga, la ese entonces Checoslovaquia. Las preocupaciones, los actores y los conflictos son diferentes. Incluso, en el caso que la vida transcurra sin sobresaltos políticos, haber tenido por vecino y ser amigo de Norman Mailer, en Nueva York, tiene que haber sido muy diferente que vivir a la vuelta de la casa de Sartre y haber estado relacionado con él, en París.

Con todo, en este trabajo agrego un adjetivo a la palabra biografía para evitar entrar en la clásica pólemica pro, o, contra Sainte-Beuve. Una Biografía Intelectual la concibo más bien como un trabajo de micro-historia en la cual el sujeto biografiado es la puerta de entrada para conocer una época: una generación diría Ortega y Gasset. La vida del artista, del creador, se la observa como ejemplar. Pero como bien diferencia Octavio Paz, ejemplar no en el sentido didáctico de la palabra, en el sentido de “acción notable”, como cuando decimos: ejemplar único y paradigmático.

En este trabajo recorro las circunstancias culturales en las que se desarrolla el sujeto intelectual Vargas Llosa, analizo el caldo de cultivo en el que recibe su primera formación y que se sitúa en el período de que va de los años cuarenta a los sesenta, en el Perú. Trato de reconstruir el ambiente sino literario, por lo menos cultural, que ofrecía la Lima de los años cincuenta: los mecanismos de producción y promoción cultural, la circulación de determinadas obras literarias, la recepción de la literatura extranjera.

En una segunda instancia trato de acompañarlo en su itinerario de escritor, por así decirlo, paso a paso. Es éste un intento de intelegir la obra del autor, comparando la poética y la teoría de la novela, enunciada expresamente por él mismo por ejemplo en Gabriel García Márquez, Historia de un Deicidio, con la que emana de la obra misma. Así mismo trataré de mostrar el Stellenwert, el valor posicional, de cada obra en el conjunto de la obra de Vargas Llosa.

En la década de los noventa la actividad política de Vargas Llosa pareció ganar terreno frente a su actividad literaria. Su candidatura a la presidencia, la campaña electoral hicieron pensar que —como ha sucedido en otros casos— el escritor había sucumbido a las luces de la política. Y sin embargo en los últimos años su actividad creadora ha recobrado su acostumbrada regularidad.

En fin para decirlo con palabras de Ortega y Gasset: de cómo se concretiza en la realidad este juego de interrelación generacional e histórica para el caso de un escritor, trata este ensayo.

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