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Capítulo VI: El padre o la fotografía de un fantasma

Don Carlos, ahora, tiene siete hijos y es viudo. Pero aún le brillan intensamente los ojos cuando me pregunta: —¿Ha entrevistado también a Dorita en Lima?.
Sí, la he visto —¿Cómo conoció Dora a Ernesto?—Ernesto Vargas Maldonado. Me imagino que lo conoceriía en alguna de esas fiestas que organizaban siempre y a las que Dorita solía asistir.

No. Don Carlos se equivoca. O no sabía todavía lo que ahora se sabe desde la publicación de El pez en el agua, las memorias de Vargas Llosa. Dorita tenía diecinueve años. Había ido a Tacna acompañando a doña Carmen —que era tacneña— desde Arequipa, para asistir al matrimonio de algún pariente aquel 10 de marzo de 1934, cuando en lo que debía ser un precario y recientísimo aeropuerto de esa pequeña ciudad de provincia, alguien le presentó al encargado de Panamerican: Ernesto J. Vargas. Se conocieron, se enamoraron, y en un algún viaje de Ernesto a Arequipa se hicieron novios formalmente y vivieron un romance, más bien, epistolar. Lo que también indica algo del carácter decimonónico —de heroína de novela— de Dorita. Se casaron el 4 de Junio de 1935, en esa casa donde vivían los abuelos, y en la que habría de nacer meses más tarde Mario.

Ernest J. Vargas Maldonado (foto sitio oficial )

—Era empleado de la línea aérea Panagra —digo incitándolo a continuar.
—Era muy celoso, y se daba muchas ínfulas. Pero no recuerdo si volaba. Ni siquiera trabajaba en Arequipa, sino en Lima. Allá se fueron a vivir cuando se casaron.

No. no volaba. Volar en esos tiempos era una empresa muy arriesgada y cara. Lo hacía sólo la gente con mucho dinero. Era el tiempo de la hazaña de Charles Lindbergh. Y en el Perú todas las tripulaciones de los Douglas DC-3 de la Panagra eran americanas. En los periódicos de la época se puede leer que la partida de y la llegada de los aviones eran anunciadas como acontecimientos —ocurrían en un descampado que ahora es el hipódromo— y los pasajeros se convertían en verdaderas celebridades. Sí, una actividad ligada a la aviación debía deparar mucho prestigio. Ernesto Vargas Maldonado era operador de radio de la Panagra. Aunque si curiosamente, todos los vuelos de la época llevaban a bordo un operador de radio, Ernesto formaba parte del personal de tierra. Llevaba uniforme azul en invierno y blanco en verano como los tripulantes. El uniforme y sus modales seguros de capitalino debieron impresionar a la joven provincina de 20 años: un simple oficinista de gobierno no podía ser rival a su lado.

He visto una sola fotografía de Ernesto Vargas. En Lima, es del año 1935. Un desvencijado álbum de cuero con ribetes dorados alberga fotografías añosas que el tiempo está volviendo irreconocibles. Está con Dora: en la foto en sepia no se distingue el uniforme azul de invierno: se le ve alto, moreno. Tiene un parecido irrecusable con el hijo que ya ha engendrado y que no conocerá sino hasta dentro de 10 años.

Continuará



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Capítulo IV: Dorita, un amor nunca olvidado …

El viaje en auto dura poco más de dos horas. La carretera no es mala y hay muchas líneas de autobuses que ofrecen un servicio de pasajeros a las playas y a los baños termales. Sólo el paisaje cambia con una rapidez abrupta, el aire serrano de Arequipa de pronto se impregna de humedad y olor a salitre. La vista a los nevados desaparece y se divisa entre los morros arenosos el color grisáceo del océano pacifico. Pero no fue así como llegaron los Llosa Ureta a Camaná.

De acuerdo con diarios de viajeros de la época, a mediados de la década de los treinta, el viaje de Arequipa a los arenales de Camaná duraba tres jornadas y se terminaba a lomo de mula. Seguramente, fue así como debieron viajar los Llosa Ureta: habían nacido ya todos los hijos, incluso Jorge, el menor, cuando don Pedro Llosa asumió su cargo de administrador de la Sociedad Algodonera de Camaná. Tendría que hacer muchos viajes entre Arequipa y Camaná, y entre ellos, la casa en la que Dora se convertía en mujer era regida por la señora Carmen.

—No. La familia nunca se trasladó. Camaná era el fin del mundo. Un pueblecito sin caminos, sin siquiera una iglesia —me trae a la realidad don Carlos. —Mario mismo lo dice en pasaje de La señorita de Tacna.

Dora Llosa Ureta

Conocidos, parientes, amigos de los Llosa en Arequipa me han recomendado, no sin algo de malicia, hablar con él. Don Carlos vive en un misterioso apartamento en la calle La Merced 43; para llegar a él hay que subir unas escaleras que, en primera instancia, conducen a un colegio secundario. Al lado de una puerta que podría ser la de un aula más, o quizá la de alguna oficina, una placa de bronce lleva su nombre, Carlos García Fernández, Contador. No es aún la hora para la que, esta mañana, al teléfono, me ha citado. Pero he temido llegar tarde, perderme en las calles igualitas que nacen y desembocan en la plaza de Armas de Arequipa. Por su voz he deducido que se trata de un hombre mayor: Me ha acogido con simpatía, y me ha invitado a tomar un café. —A las cuatro en mi casa.

Al sonar el timbre ladra un perro, pero no es en el apartamento. Es atrás en el patio, una chiquilla de con ropas de la sierra lo hace callar y me mira con curiosidad. Abre la puerta un muchacho jóven: no es don Carlos; pero como no se me ocurre otra cosa le pregunto:

—¿El señor Carlos García?.
—Pase. Pase. Mi papá lo está esperando..

Detrás de la puerta se levanta una escalera bastante empinada. El chico se llama Miguel, me ofrece un café y me pregunta si quiero escuchar música.

Mientras suena un disco de música peruana viejísima, observo un mueble antiguo atiborrado de libros, algunos amariellean y no alcanzo a leer los títulos. Luego de algunos minutos ha llegado don Carlos e inmediatamente hemos comenzado nuestra conversación, con la pregunta que he venido repitiendo los últimos días.

—¿Conocía Ud. a la familia Llosa Ureta?.
—Bueno, éramos parientes. El tío Pedro [el padre de Dora] trabajó con mi padre, Lucho Llosa García, en la Sindicatura de Quiebras. En realidad, fuimos los primeros en hacer funcionar esa dependencia del gobierno: se creó luego de las quiebras del veintinueve. Teníamos que organizar los remates de las empresas quebradas. A veces viajábamos mi tío Pedro y yo hasta el Cuzco para inventariar las existencias, y evitar las quiebras fraudulentas.
—Entonces, Ud. conoció a Dora, la mamá de Mario —Le digo.
Por supuesto. Muchas veces estuvieron juntos, además de primos eran buenos amigos. —don Carlos se acomoda en la poltrona de cuero y respira con orgullo. En las fiestas familiares eran los mejores bailarines de tango.

Dora es descrita como bellísima: tenía unos ojos preciosos. Y aún sí no era muy alta era de figura graciosa, y contaba con muchos admiradores. Entre ellos el joven Carlos. Era amante de la zarzuela y teatros, y una apasionada impenitente de la ópera. Su ópera favorita era Tosca de Puccini.

Continuará

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