Archivo diario: 10 agosto, 2008

Capítulo VII: Vargas Llosa o un parricidio en capítulos

En la sección “Municipales” de los periódicos NOTICIAS y EL DEBER de los archivos la Hemeroteca de Arequipa, en fecha de 4 de Abril de 1936, se lee:

Demografía
“Ayer se registraron siete partidas de nacimiento, correspondiendo cinco a varones y dos a mujeres.”

Uno de esos cinco varones era Pedro Mario Jorge Vargas Llosa, quien había sido inscrito ante el municipio de Arequipa el día anterior, 3 de abril a las nueve y cuarenta de la mañana, en el folio 468, como hijo don Ernesto Vargas Maldonado, natural de Lima, de 31 años de edad, y de doña Dora Llosa Ureta, arequipeña de 22 años.

El nacimiento, luego de un año de vida conyugal —precisa el documento con burocrática indiscresión—, ocurrió el día 28 de marzo de 1936 a las doce y cuarenta de la mañana en el domicilio de la familia de la parturienta, con asistencia de la obstetriz Felicidad del Castillo.

Dieron parte del nacimiento Luis Llosa Ureta —tío y más tarde, suegro del recién nacido—; Juan Eguren, en ese tiempo enamorado de Laura Llosa, hermana de Dorita, y Lucho Llosa García, primo y compañero de trabajo en la Sindicatura de Quiebras de don Pedro Llosa, abuelo del neonato.

Hasta Febrero de 193, la figura del padre de Vargas Llosa y la rama familiar de ese lado —al contrario de la del lado materno—, eran poco menos que un misterio. En las entrevistas, el escritor se había limitado a hablar del mal carácter y de lo severo que era su progenitor. Tan sólo en 1991 —año de preparación y escritura parcial del libro de sus memorias-, en un artículo titulado “La historia interminable”, en el que Vargas Llosa se ocupaba largamente de la historia de su familia, se hacía referencia a la rama paterna.

Los Vargas no salían bien parados de esta investigación genealógica. Más bien, parecía describirse allí una caricatura de árbol familiar, o querer infligir una ofensa a los que llevaran ese apellido: los antepasados más antiguos habrían llegado a Perú con los primeros conquistadores, huyendo de la servidumbre a Juan de Vargas, de quien habían tomado el nombre, —allá en la Extremadura del siglo XVI.

Ernesto J. Vargas Maldonado,
FOTO: Archivo Max Silva Tuesta

Hombres humildes e ignorantes —analfabetos la mayoría y feroces como los tiempos en que les tocó vivir—, se habrían entrematado abundantemente en el transcurso de las guerras civiles y rebeliones. Pero a pesar de todo, muchos habrían sobrevivido, se reproducieron y se dispersaron por todo el país y, al paso de los siglos, el apellido Vargas se convirtió en uno de los más comunes.

Quizá la necesidad política del momento —son los años de su carrera por la presidencia del Perú— lo obligaba a buscar credenciales autoctonas en ese lado profundamente peruano, humilde, de sus ancestros paternos. Ante los ojos de sus futuros electores peruanos, descender de “analfabetos” debería compensar las raíces acicaladas y burguesas de los patriarcas arequipeños del lado materno. Así, su pasado debería convertirse en una metáfora del pasado de los peruanos: una mezcla de nobleza y civilización europea con ingredientes indígenas y bellacos.

“De un arroyo de esa vasta hidrografía desciende mi familia paterna. No sé gran cosa de ella. Descubrí un día que, entre mis ancestros, había un historiador, cosa que mi padre, con su fobia anti-intelectual, me había ocultado.”

El único Vargas por quien el escritor muestra simpatía, es este artículo, es su abuelo paterno, Marcelino Vargas, —a quien precisamente nunca conoció. La razón era, claro está, el odio que Ernesto Vargas sentía por su propio padre: don Marcelino, a la muerte de su esposa, doña Zenobia Maldonado, se había fugado del hogar con una “india de trenza y pollera”, con la que terminó sus días, oscuramente, de jefe de estación del Ferrocarril Central, en un pueblecito de los Andes centrales, nonagenario y cargado de hijos.

Al lado de los —prácticamente, despreciados— Vargas, los Llosa brillaban. Se convertían en eso que muchos personajes públicos se inventan retrospectivamente: una familia, un nombre de abolengo. El primer Llosa habría llegado a Perú cuando la colonia estaba ya bien instalada, en el siglo XVII. Descendía de apellido Catalán, que provenía de un lugar del mismo nombre, sobre la costa mediterránea, pero luego se había traslado a Santillana del Mar, un bonito poblado de las montañas de Santander.

Parte de esa fantástica genealogía entró de lleno en El pez en el agua , algunas anécdotas familiares del lado materno —demasiado literarias— han sido eliminadas por el autor, para no infectar de ficción lo que se supone debería ser una historia personal, verídica. Pero sobre todo, para no restarle esa verosimilitud necesaria para enfrentarla a la historia de los Vargas —más precisamente de don Ernesto Vargas—, el villano de esos primeros capítulos de las memorias, Esas páginas —los primeros capítulos impares— son el corolario de la especial relación del autor con su padre. El ajuste de cuentas con una relación y una persona que ha influido, marcado, su modo de ser, su modo de percibir la sociedad. Relación padre-hijo, que ha su vez ha marcado profundamente la visión y el carácter de muchos personajes en sus obras, como se verá más adelante.

Continuará

Foto de la Primera edición


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