Archivo diario: 8 agosto, 2008

Capítulo V: el amor en los tiempos de Vargas Llosa

De una pequeña anécdota que relata el señor García se recaba el origen del segundo nombre de Vargas Llosa y qué más tarde el autor utilizará como primer y único: Mario. En 1935, una compañía extranjera de ópera representó la Tosca de Puccini en el teatro viejo de Arequipa. El personaje principal de la obra es un pintor, Mario Caravadossi, quien mantiene una relación algo edípica con una cantante mucho mayor que él llamada Tosca. Es una de las óperas más trágicas y sangrientas de Puccini y nos sirve para darnos cuenta del carácter romántico —o más bien melodramático— de la madre de Vargas Llosa.

Este interés por las operas se una tradición familiar un diferenciador de clase y es pasado de generación en generación. Según el propio Vargas Llosa poseía un “Libro de Óperas, que la abuelita Carmen había heredado de sus padres: un hermoso libro de forros rojos y dorados, con ilustraciones, donde estaban los argumentos de todas las grandes óperas italianas y algunas de sus arias principales y que yo pasaba horas releyendo”

Soñadora; —como la describe el ahora casi octogenario Carlos García: recuerda a la Emma Bovary de Flaubert. Al igual que la heroína de la novela; —Dorita, “asi la llamabamos todos”— también se educó en un colegio religioso, El Sagrado Corazón.

Una vez, para una fiesta de carnavales Dorita se habría disfrazado de gitana. —Estaba preciosa —dice emocionado don Carlos, mientras que tomamos la cuarta tasa de café y desempolva recuerdos que por momentos le llenan los ojos de lágrimas.
¿Sabría la Dorita de aquellos años del amor de su primo?. Anoto en mi libreta de apuntes que sí, aunque no me atrevo a preguntárselo. Seguramente no lo ignoraba. No es difícil imaginarlo haciéndole la corte a su prima casi adolescente. Un joven alto, bien parecido, más bien guapo: vestido a lo Ives Montand. Así se le ve en las fotos color sepia que me muestra.

Cabría preguntarse si la tendencia endogámica de que acusan algunas familias es hereditariamente compartida: Vargas Llosa se casará dos veces con miembros de su clan familiar. No es pues atrevido plantear —como lo hace Oviedo— que la obsesión transgresora —en los planos sexual, moral, religioso, educativo, institucional en fin— que el autor ha reitarado en sus novelas se basa en un profundo sentimiento de nostalgia por la unidad perdida de la familia y el esfuerzo, seguramente inconsciente pero sin duda pertinaz de inventarse una, hechura suya en la vida real y en la literaria. Así, no es raro que el niño que tuvo como padres a sus abuelos, luego quiera tener como esposa a una tía política y más tarde a una prima hermana: las identidades familiares están traspapeladas y la curiosa endogamia del autor —quizá un afán de reparar las divisiones que sufrió en sus primeros años transfiere sentimientos de unos a otros y no hace sino confundirlos más.

Don Carlos, ahora, tiene siete hijos y es viudo. Pero aún le brillan intensamente los ojos cuando me pregunta: —¿Ha entrevistado también a Dorita en Lima?.

Continuará

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