Archivo diario: 7 agosto, 2008

Capítulo IV: Dorita, un amor nunca olvidado …

El viaje en auto dura poco más de dos horas. La carretera no es mala y hay muchas líneas de autobuses que ofrecen un servicio de pasajeros a las playas y a los baños termales. Sólo el paisaje cambia con una rapidez abrupta, el aire serrano de Arequipa de pronto se impregna de humedad y olor a salitre. La vista a los nevados desaparece y se divisa entre los morros arenosos el color grisáceo del océano pacifico. Pero no fue así como llegaron los Llosa Ureta a Camaná.

De acuerdo con diarios de viajeros de la época, a mediados de la década de los treinta, el viaje de Arequipa a los arenales de Camaná duraba tres jornadas y se terminaba a lomo de mula. Seguramente, fue así como debieron viajar los Llosa Ureta: habían nacido ya todos los hijos, incluso Jorge, el menor, cuando don Pedro Llosa asumió su cargo de administrador de la Sociedad Algodonera de Camaná. Tendría que hacer muchos viajes entre Arequipa y Camaná, y entre ellos, la casa en la que Dora se convertía en mujer era regida por la señora Carmen.

—No. La familia nunca se trasladó. Camaná era el fin del mundo. Un pueblecito sin caminos, sin siquiera una iglesia —me trae a la realidad don Carlos. —Mario mismo lo dice en pasaje de La señorita de Tacna.

Dora Llosa Ureta

Conocidos, parientes, amigos de los Llosa en Arequipa me han recomendado, no sin algo de malicia, hablar con él. Don Carlos vive en un misterioso apartamento en la calle La Merced 43; para llegar a él hay que subir unas escaleras que, en primera instancia, conducen a un colegio secundario. Al lado de una puerta que podría ser la de un aula más, o quizá la de alguna oficina, una placa de bronce lleva su nombre, Carlos García Fernández, Contador. No es aún la hora para la que, esta mañana, al teléfono, me ha citado. Pero he temido llegar tarde, perderme en las calles igualitas que nacen y desembocan en la plaza de Armas de Arequipa. Por su voz he deducido que se trata de un hombre mayor: Me ha acogido con simpatía, y me ha invitado a tomar un café. —A las cuatro en mi casa.

Al sonar el timbre ladra un perro, pero no es en el apartamento. Es atrás en el patio, una chiquilla de con ropas de la sierra lo hace callar y me mira con curiosidad. Abre la puerta un muchacho jóven: no es don Carlos; pero como no se me ocurre otra cosa le pregunto:

—¿El señor Carlos García?.
—Pase. Pase. Mi papá lo está esperando..

Detrás de la puerta se levanta una escalera bastante empinada. El chico se llama Miguel, me ofrece un café y me pregunta si quiero escuchar música.

Mientras suena un disco de música peruana viejísima, observo un mueble antiguo atiborrado de libros, algunos amariellean y no alcanzo a leer los títulos. Luego de algunos minutos ha llegado don Carlos e inmediatamente hemos comenzado nuestra conversación, con la pregunta que he venido repitiendo los últimos días.

—¿Conocía Ud. a la familia Llosa Ureta?.
—Bueno, éramos parientes. El tío Pedro [el padre de Dora] trabajó con mi padre, Lucho Llosa García, en la Sindicatura de Quiebras. En realidad, fuimos los primeros en hacer funcionar esa dependencia del gobierno: se creó luego de las quiebras del veintinueve. Teníamos que organizar los remates de las empresas quebradas. A veces viajábamos mi tío Pedro y yo hasta el Cuzco para inventariar las existencias, y evitar las quiebras fraudulentas.
—Entonces, Ud. conoció a Dora, la mamá de Mario —Le digo.
Por supuesto. Muchas veces estuvieron juntos, además de primos eran buenos amigos. —don Carlos se acomoda en la poltrona de cuero y respira con orgullo. En las fiestas familiares eran los mejores bailarines de tango.

Dora es descrita como bellísima: tenía unos ojos preciosos. Y aún sí no era muy alta era de figura graciosa, y contaba con muchos admiradores. Entre ellos el joven Carlos. Era amante de la zarzuela y teatros, y una apasionada impenitente de la ópera. Su ópera favorita era Tosca de Puccini.

Continuará

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