Archivo mensual: julio 2008

Capítulo III: Una familia macondiana

Era una familia numerosa, más bien de corte matriarcal: Dora. Lucho, Laura, Pedrito, Jorge, los cuatro tíos de Mario, fueron los hijos de esa mujer que alcanzaría longevidad secular. En un artículo, dedicado a su abuela por su ciento cumpleaños, cuenta el propio autor:

Nació en Tacna, el 16 de julio de 1881, y sigue en pie, lúcida y animosa, a pesar de los inevitables achaques que le ha infligido el tiempo: algo de sordera y una hernia que le entorpece el andar. Ha cumplido cien años con una memoria en la que se hallan perfectamente todos sus hijos, nietos, bisnietos y el primer tataranieto. Se llama Carmen Ureta de Llosa y yo soy una de las ramitas -el nieto mayor- de ese árbol frondoso del que ella es el tronco.

Bustamante y Rivero

Bustamante y Rivero

El abuelo, don Pedro Llosa Bustamante, era un verdadero caballero de la época romántica que le tocó vivir: amante de las letras, ávido lector de periódicos y conocedor de la política peruana, escribía versos festivos que declamaba en las reuniones familiares y poseía una pequeña biblioteca con plaquetas de poesía de amigos poetas y libros de viajes. Estaba muy orgulloso de su padre, quien también había sido un hidalgo arequipeño del Siglo XIX. Era don Pedro hijo de Belisario Llosa Rivera, escritor arequipeño y autor de una novela publicada en 1866, <em><strong>Sor María</strong></em>. que ganó un concurso literario patrocinado por el Ateneo de Lima. Augusto Tamayo Vargas escribe de <em>Sor María</em> que obtuvo una mención honrosa en un concurso literario nacional cuyo premio correspondió a la novelista, Mercedes Cabello de Carbonera, por <em><strong>Sacrificio y Recompensa</strong></em>. Pero los datos del crítico peruano sufren de un desfase de 20 años. Pues, sólo en 1886, la novela de la escritora peruana recibirá el premio del Ateneo. <strong><em>Sacrificio y Recompensa</em></strong> compartió honores con Juan de Arona, ganador del premio de poesía, y Luis Márquez, ganador del de teatro). De “Sor María” al menos en las historias de la Literatura Peruana no se conoce más que el título y las noticias que su famoso descendiente da en sus entrevistas y autobiografía.

Lo significativo, en realidad, es el contexto y tradición cultural en el cual viven los Llosa. El ADN constitutivo de la rama familiar materna, por así decirlo. Otra constante familiar es su participación en la vida pública del país. Así, un parentesco cercano con hombres políticos, que habían participado en momentos cruciales de la historia peruana: magistrados y juristas arequipeños del siglo pasado como Manuel Toribio Ureta – quien participó a la primera asamblea constituyente que puso fin a la esclavitud-  y José Luis Bustamante y Rivero (Dibujo: Wikipedia) hacía albergar esperanzas más o menos legitimas, de que el niño de apenas algunas horas de nacido llegara a ser algún día diplomático, senador o candidato a la presidencia de la república.

El salón de la casona de Boulevard Parra se ha oscurecido y mi anfitriona guarda un silencio elocuente que señala el final de nuestra entrevista. Por ser una familia numerosa y porque, siendo -en palabras de la Señora Binelli- “gente decente”, el único que trabajaba era don Pedro, después se mudaron a Vallecito, a las afueras de Arequipa. Pagar el alquiler se le hacía pesado a don Pedro y además estaba buscando otro trabajo. Me termina de explicar la Sra. Binelli, mientras me acompaña a la puerta.

(Continuará)

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Capítulo II – Jorge Mario Pedro Vargas Llosa

En el estudio monográfico más importante escrito sobre el escritor se lee:”La casa natal -dos pisos, jardín y reja de hierro- tiene el número 101 de una calle presuntuosamente Boulevard Parra, cerca de la estación del Ferrocarril; es, en realidad, la casa de los abuelos maternos”. Tal vez exista hasta hoy, porque el crítico -un amigo de la escuela primaria del escritor-, anota ‘tiene’.

Existe. Y, para el biógrafo, uno de los motivos de su viaje a Arequipa, ahora, medio siglo después, es visitar la casa que habitaban los abuelos. Encontrar a la gente que conoció a los Llosa, a los amigos, los recuerdos, los fantasmas.

En realidad los Llosa habitaban sólo el segundo piso de esa casona del 101 de Boulevard Parra. La señora Olga Binelli, actual propietaria del inmueble, me explica que eran doce cuartos, y que su padre, el diputado Binelli, se lo alquilaba a don Pedro Llosa por setenta soles mensuales.

En los periódicos arequipeños de la época, 1935-36, se puede leer que el señor Binelli, dueño por ese entonces del inmueble, era diputado electo por Arequipa y poseedor de numerosas fincas y de bastante prestigio social e influencia política. La relación de estas dos familias, aunque sea de tipo comercial, indica el tipo de familia que era la de don Pedro Llosa: una familia burguesa -quizá venida a menos, pero sólo materialmente-, con un apellido sonoro que se entrelazaba con una tradición un cierto distintivo social, afincada en una red de relaciones con otras familias semejantes.

No es dificil imaginarse la vida familiar de los Llosa -a mediados de la década de los treinta-: el salón es espacioso, aunque ahora la luz casi no ingresa a la habitación a causa de las espesas cortinas que cubren las ventanas. Y los muebles estan cubiertos por sábanas blancas, como en una casa a la espera de sus patrones veraniegos. La señora Binelli me cuenta que la noticia del nacimiento de Mario fue algo un poco triste, dadas las circunstancias: el marido había abandonado a Dorita cuando ella estaba en estado. Ante la ausencia del padre, el hijo de Dora, a modo de protección patronímica por parte de la tribu, será bautizado con los nombres de dos de sus familiares más cercanos: Jorge (el tío menor) y Pedro (nombre del abuelo, pero también del tío).

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Mario Vargas Llosa: Las Familias del Autor

A través de la lectura de la obra de Vargas Llosa se puede constatar cierta impudicia del autor para con su vida privada. Conocemos los nombres de sus abuelos, de sus tíos y de muchos de sus parientes y amigos, no por la diligente labor de algún biógrafo o periodista indiscreto, sino por el uso constante que el propio escritor ha hecho de ellos para escribir anécdotas introductorias a artículos, conferencias y obras de teatro, llegando al climax del exhibicionismo en La tía Julia y el escribidor. Se podría, pues, afirmar que la familia, la vida privada -o, por lo menos, hablar o escribir sobre ella- en la obra de Vargas Llosa es un topos estilístico, un estilema; del mismo modo que en Borges encontramos que muchos de sus artículos inician con referencias a libros o a vidas de autores clásicos.

Aunque otros grupos contribuyen a las tradiciones espirituales, al mantenimiento de los ritos y de las costumbres, a la conservación de las técnicas y del patrimonio, no obstante, la familia -afirma Lacan- predomina en la educación inicial: la represión de los instintos, la adquisición de la lengua que justificadamente se designa como materna. De este modo, se observa que la familia gobierna los procesos fundamentales del desarrollo psíquico, la organización de las emociones de acuerdo con tipos condicionados por el ambiente que constituye la base de los sentimientos; y en un marco más amplio, transmite estructuras de conducta y de representación cuyo desempeño desborda los límites de la conciencia.

Más interesante todavía es una observación de Lacan que compete directamente a la estructura familiar de Vargas Llosa: “Otra semejanza, absolutamente contingente, se observa en el hecho de que los miembros normales de la familia, tal como se la observa en la actualidad en Occidente, el padre, la madre y los hijos, son los mismos que los de la familia biológica”.

Esta observación compete en tanto que para la familia Llosa Maldonado a mediados de la década de los treinta esta semejanza no se cumple: el hogar donde nace el futuro escritor muestra alguna diferencias, que el biógrafo debe constatar.

(Continuará)

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Introducción

Ortega y Gasset, en una conferencia que diera en 1942 con motivo del aniversario de nacimiento de Juan Luis Vives, afirmaba que las generaciones históricas se suceden cada quince años y que por esta razón cada quince años cambia la historia. Así, pues, una persona estaría sujeta al influjo de, por lo menos, dos generaciones hasta convertirse, a su vez, en generación influyente, o en contestaria a las anteriores. No hay duda que, como todo proceso dentro de la historia, las relaciones entre las generaciones, a las que alude el filósofo español, no sean unívocas en el tiempo ni funcionen de modo causa-efecto en un determinado momento histórico. La historiografía literaria ha mostrado que, muchas veces, se dan saltos de modo que, por ejemplo, resulta que un poeta como Góngora, a caballo entre los siglos XVI y XVII, se convierte en influencia y estandarte de un grupo de poetas del siglo XX, la llamada generación del 27.

La constatación de que el Zeitgeist Hegeliano, espíritu de época, no logra explicar del todo las actitudes intelectuales de las protagonistas singulares de cada período histórico, provocó que buena parte de la crítica literaria se abocara al estudio inmanente de las obras, olvidando y en muchos casos negando la existencia del autor. Los autores, y sus vidas se convirtieron más bien en pasto del llamado periodismo literario y, entre los críticos y estudios universitarios, no se les concedió mayor importancia que como anécdota de sobremesa en congresos literarios.

Atribuirle la etiqueta de género literario a la Biografía es un arma de doble filo: por un lado se le otorga un status de creación artística autónoma, por otro lado, al hablar de la Biografía como creación artística. literaria, tácitamente se la impugna como labora científica por falta de objetividad. Los críticos quizá, no sin mala fe preguntan: ¿qué importancia puede tener dónde vivía el creador cuando concibió su obra? Y sin embargo, sabemos que el autor es un sujeto situado en coordenadas espacio-temporales de carácter histórico bien definidas: vivir en La Habana de fines de los cincuentas y comienzos de los sesenta no es lo mismo que vivir el París del 1968, ni tampoco París, ese mismo año, es lo mismo que Berkeley, en Estados Unidos, o que Praga, la ese entonces Checoslovaquia. Las preocupaciones, los actores y los conflictos son diferentes. Incluso, en el caso que la vida transcurra sin sobresaltos políticos, haber tenido por vecino y ser amigo de Norman Mailer, en Nueva York, tiene que haber sido muy diferente que vivir a la vuelta de la casa de Sartre y haber estado relacionado con él, en París.

Con todo, en este trabajo agrego un adjetivo a la palabra biografía para evitar entrar en la clásica pólemica pro, o, contra Sainte-Beuve. Una Biografía Intelectual la concibo más bien como un trabajo de micro-historia en la cual el sujeto biografiado es la puerta de entrada para conocer una época: una generación diría Ortega y Gasset. La vida del artista, del creador, se la observa como ejemplar. Pero como bien diferencia Octavio Paz, ejemplar no en el sentido didáctico de la palabra, en el sentido de “acción notable”, como cuando decimos: ejemplar único y paradigmático.

En este trabajo recorro las circunstancias culturales en las que se desarrolla el sujeto intelectual Vargas Llosa, analizo el caldo de cultivo en el que recibe su primera formación y que se sitúa en el período de que va de los años cuarenta a los sesenta, en el Perú. Trato de reconstruir el ambiente sino literario, por lo menos cultural, que ofrecía la Lima de los años cincuenta: los mecanismos de producción y promoción cultural, la circulación de determinadas obras literarias, la recepción de la literatura extranjera.

En una segunda instancia trato de acompañarlo en su itinerario de escritor, por así decirlo, paso a paso. Es éste un intento de intelegir la obra del autor, comparando la poética y la teoría de la novela, enunciada expresamente por él mismo por ejemplo en Gabriel García Márquez, Historia de un Deicidio, con la que emana de la obra misma. Así mismo trataré de mostrar el Stellenwert, el valor posicional, de cada obra en el conjunto de la obra de Vargas Llosa.

En la década de los noventa la actividad política de Vargas Llosa pareció ganar terreno frente a su actividad literaria. Su candidatura a la presidencia, la campaña electoral hicieron pensar que —como ha sucedido en otros casos— el escritor había sucumbido a las luces de la política. Y sin embargo en los últimos años su actividad creadora ha recobrado su acostumbrada regularidad.

En fin para decirlo con palabras de Ortega y Gasset: de cómo se concretiza en la realidad este juego de interrelación generacional e histórica para el caso de un escritor, trata este ensayo.

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