En sus Memorias el autor, utiliza estos recuerdos interxtextuales —desmitiéndolos, rectificándolos, recreándolos-: “A la primera hija del tío Lucho y la la tía Olga, Wanda, que nació en la casa de Ladislao Cabrera, me aseguran que yo intenté verla venir al mundo subiéndome a espiar su nacimiento a uno de esos altos árboles del primer patio, del que me bajó el tío Lucho de una oreja.”
Ha de notarse la simetría narrativa al utilizar la fuente sin citarla. Detrás de la aparente locuacidad exhibicionista de Vargas Llosa, del afán de exactitud no hay, acaso, un secreto afán de mostrar —o, de ocultar: para el lector es indiferente— algo más. Que responden los textos disponibles ante la pregunta que Sartre hace al escritor ¿Por qué habla de eso antes que de aquello y, ya que habla para cambiar, por qué quiere cambiar esto antes que aquello?. Veamos una situación similar —transpuesta, recreada, corregida— en un capítulo de Elogio de la madrastra: “Estaba semiadormecida en la bañera, con el agua hasta el cuello, removiendo de tanto en tanto con una mano o con un pie las volutas de jabón, cuando Justiniana llamó a la puerta: ¿podía entrar, señora?, con la toalla en una mano y su bata en la otra. Tenía una expresión alarmada. Inmediatamente supo lo que la muchacha le iba a susurrar: “Fonchito está ahí arriba, señora”. Asintió y con gesto imperioso ordenó a Justianiana que se fuera.”
El episodio esa novela erótica es más que la posible recreación de una situación —real o no, sucedida o escuchada de oídas o leída— del pasado. Ante lo que también se enfrenta el lector, es el producto de la realización de una fantasía: la de un niño que desde lo alto espía por una ventana


